Jacques Tourneur: Cuando B es A.

No nos llamemos a engaños, a Tourneur se le considera (y se le considerará) como autor de serie B. No hay más. No obstante, alguna de sus mejores obras, si bien no fueron grandes producciones, si excedían el exiguo mes de rodaje propio de la serie B. Ejemplos serían “Retorno al pasado”, “El halcón y la flecha” o “Berlin Express”, todas ellas con varias semanas de rodaje, estrellas protagonistas y milloncejos de presupuesto. Pero esto es una verdad palmaria: los títulos que más se le recuerdan sí son definitivamente B: “La Mujer Pantera” y “Yo anduve con un zombi”.

Lo cierto es que, estilísticamente, su depuración narrativa, esa economía aprendida de sus años de montador, lo acercan al B sin mucho disimulo. Al respecto, Tourneur se mostraba tajante: “Trabajo mucho mejor cuando hay que hacerlo rápidamente. Las películas que he hecho en doce o dieciocho días son mucho mejores que las que rodé en ochenta. Es malo pensar demasiado, todo debe surgir del instinto”.

Nacido en 1904, fue hijo del prestigioso director de cine francés Maurice Tourneur, que fue reclamado por Hollywood en 1914 como tantos europeos para dar lustre y prestigio a sus producciones. El pequeño Jacques aprendería el oficio viendo a su padre rodar y en los USA aprendió a las malas que la violencia era cosa cotidiana: en el colegio, como refinado chaval francés era habitual víctima de acoso. El hecho de que sus padres le obligasen a ir con tirantes a clase no ayudaba: “Esto, creo, es lo que me ha impulsado a incluir en mis películas toques de humor en una situación dramática. Mezclar el miedo y el ridículo es apasionante”.

Maurice, un poco harto de la falta de finesse en Tisneltown, retornaría a Francia y con él Jacques, el cual seguiría trabajando tanto con su padre como con otros directores en tareas de ayudante de dirección, director de segunda unidad y montador. Esta experiencia resultó fundamental en el desarrollo de su propio estilo, como veremos. En 1935 decidió ganarse la vida profesionalmente en el cine y volvió a Estados Unidos. Sin la ayuda de su progenitor tuvo que empezar literalmente de cero, pero su destreza dirigiendo la toma de la Bastilla como director de segunda unidad en “Historia de dos ciudades” hizo que los capitostes de RKO se fijasen en él y así dio comienzo una carrera donde la infinita modestia de su carácter solo es equiparable a la grandeza de su cine. Otro hecho fundamental de este rodaje es que en él conoció a Val Lewton, el escritor y productor con quien escribió el guion de este segmento y con el que realizaría tres míticos filmes de terror para la RKO. En palabras de Tourneur, Lewton (novelista de origen ruso, nacido con el nombre de Vladimir Ivanovich Hofschneider. También había sido poeta. Ah, y pornógrafo) era básicamente un idealista. Su relación fue providencial y muy fructífera para ambos: Tourneur debutaba como director en producciones comerciales y Lewton encontraba a un artista con la sensibilidad necesaria para llevar a la pantalla sus delirios.

Fue él quien sugirió basar la estructura de “I Walked With a Zombie” en “Jane Eyre”, de Charlotte Brontë. Sin embargo fue Tourneur quien supo comunicar las ideas de Lewton buscando ambigüedades, incertidumbres y claroscuros en ese filme y sus otras dos colaboraciones: “Cat People”(1942) y “The Leopard Man” (1943). En RKO lo que buscaban era películas de horror convencionales que generaran pasta gansa y poco más, pero el equipo Lewton-Tourneur, en un par de años en estado de gracia, hizo siempre lo que le vino en gana, exprimieron el presupuesto, reinventaron el género y así logró el éxito (moderado, no flipemos) que cimentó la carrera de ambos.

En general podríamos decir que el cine de Tourneur se basa en susurros y sombras, misterio y fatalidades, en historias de hombres comunes enfrentados a fuerzas que los superan, de mujeres extraordinarias que se debaten en un mundo de hombres flojeras que no las merecen y de un efluvio sobrecogedor en el que lo grandioso se funde con lo cotidiano, lo sobrenatural con lo terrenal. En sus películas los protagonistas suelen andar perdidos, casi ausentes, sin enterarse del todo de qué puñetas pasa a su alrededor e incapaces de empatizar con su entorno. Como decíamos, Tourneur se hizo un nombre en el género fantástico, pero a su propia manera. Históricamente el cine de horror ha expresado nuestra fascinación con lo explícito. Susto, sangre, terror. Si los monstruos se aparecen en nuestros sueños, ¿por qué no en la pantalla del cine, que hace de lo imaginado una materia? En ese sentido, Jacques Tourneur fue un visionario y un subversivo. Se negó constantemente a seguir las normas de lo evidente. Lo que quería era emocionar a partir de las tenues sugerencias de las sombras. Explicaba su rechazo a representar la realidad diciendo: “La gente requiere magia”. De hecho, uno de los momentos más tensos de su carrera (no era muy dado al enfrentamiento y la pelea dado su carácter afable) fue cuando se enfureció con el productor Hal E. Chester, que decidió introducir imágenes explícitas de un monstruo diabólico asesino en “Night of the Demon” (1957). Visto hoy resulta entrañable, pero se entiende el cabreo de Jacques.

Su cine, que abarcó casi todos los géneros, tiene sin embargo una cualidad única y reconocible. En él destaca por encima de todo una elegancia casi pictórica (Tourneur era apasionado de la pintura) y una capacidad intrínseca de adaptar su estilo a la historia narrada, y no al revés. Sus inicios en el género fantástico dictaron una serie de parámetros que posteriormente trataría de honrar en otros contextos, a saber: sugerir siempre antes de mostrar, estimular la participación de espectador dando preponderancia al fuera de plano y realzar el uso de la elipsis (la supresión de una parte más o menos amplia de la historia) como elemento narrativo.

El papel de la sugerencia pretende trasladar una sensación de amenaza, de desasosiego y, de paso, hacer que el espectador se involucre en la historia, que rellene los huecos mentalmente. Nada nuevo hoy, pero totalmente rompedor en su día. Su cine carece de secuencias explicativas, no hay golpes de efecto, ni siquiera el consabido clímax: lo uniforme es ley y la historia fluye marcada por una economía narrativa que no admite elementos que nos despisten del relato. En ocasiones, lo sobrenatural -lo inexplicable- se cruza en el camino de los protagonistas, que son incapaces de aplicar su razón o sus creencias y se ven abocados al conflicto. En especial en sus primeros trabajos fantásticos en la RKO el antropocentrismo occidental (canon en Hollywood) se ve sacudido por fuerzas que no controla, una idea tan subversiva y sugerente que sigue funcionando 80 años después.

Otra de las –permítaseme- rarezas en el Universo Tourneur es el uso indisimulado de la casualidad como elemento narrativo: donde muchos directores clásicos buscaban causa efecto, en estos films lo azaroso determina la historia. Tomemos por ejemplo el arranque de uno de sus mejores películas, “Retorno al Pasado” («Out of the Past«, 1947), en el que un gánster recorre una carretera comarcal y se topa con el nombre de un antiguo socio (Robert Mitchum, tremendo) que regenta una gasolinera. El diálogo entre el matón y la mujer del mostrador resume mejor que yo esta casualidad y economía de medios:
– Me preguntaba qué se había hecho de él y pasando por aquí vi su nombre en el letrero.
– El mundo es muy pequeño.
– Sí, o algunos letreros muy grandes.

Retorno al pasado” puede ser la historia más hermosa de Tourneur, con su impecable poesía noir en el diálogo y esa metáfora de la obsesión romántica que arrastra a los protagonistas a un agujero negro hecho de tiempo y desilusión. No es –esta vez- casual que aparezca el término “poesía” referido al francés: obviaba deliberadamente las estrictas construcciones narrativas para dar realce al lirismo y el simbolismo. Esto no quiere decir que lo armónico reste concisión: el cine de Tourneur es una maquinaria de precisión. Sus orígenes como montador le dotaron de un instinto para saber lo que era melifluo y prescindible y aplicaba la tijera con rigor. Decía: “Si un plano no es absolutamente necesario para la atmósfera de una película o para hacer progresar la historia, no se debe incluir”. Raro es encontrarse alguna película suya de más de 90 minutos.

El cine de Tourneur se basa en contrastes y dualidades, lo violento y lo cómico, lo humano y lo animal, razón y superstición. Para el director francés, la confrontación y el conflicto entre personajes era la clave, y, como veremos, vertebra la totalidad de su obra. Además esta idea proporciona un extra: destierra toda certeza absoluta y dota de una sensación de inestabilidad a todos sus protagonistas. Otro contraste: estos personajes son interpretados por actores hieráticos, lacónicos, con el peso del mundo sobre los hombros y la fatalidad en la mirada. Dana Andrews en “La Noche del Demonio” o Mitchum, como veíamos, son ejemplos palmarios. Hay un sentimiento de desarraigo en ellos, se les ve indefensos ante lo que les viene encima. Ni siquiera un personaje histórico como Wiatt Earp escapa de este encasillamiento: lo protagoniza en “WichitaJoel McCrea, un tipo que ya de joven parecía veinte años mayor. McCrea -un tipo guapísimo, por otra parte- fue también el protagonista en otros dos wersterns de Tourneur, “El jinete misterioso” («Stranger On Horseback«, 1955) y “Estrellas en mi corona” («Stars in My Crown«, 1950).

Otra característica destacable en el cine tourneursiano son los personajes femeninos: mujeres determinadas, activas, que se mueven por sus propias decisiones y no por las de los hombres, moneda tan corriente en el Hollywood clásico. Irena en “La Mujer Pantera”, Anne Providence en “La Mujer Pirata” (menudo final, caramba) o la otra Anne –De Hesse– en “El halcón y la flecha” son heroínas al margen de la sociedad, solteras, casi malditas, con una fortaleza que las pone por encima de los espartanos hombres que les acompañan (con la excepción, ahora veremos de Burt Lancaster, faltaría más).

Como podemos ver, Tourneur apostó por subvertir (suavemente, tampoco era un iconoclasta) los límites del modelo clásico, aportó su impronta especialmente en el género fantástico (en especial en esa trilogía inicial de “La Mujer Pantera”, “Yo anduve con un zombi” y “El Hombre Leopardo”) así como en el Noir (“Retorno al pasado” y “Al caer la noche”). Si bien no se le recuerda como autor de westerns, sí que cuenta, como hemos visto con una interesante colección, con un estilo personal que le distingue de la morralla de serie B que lastran (y de qué manera) el género. Modesto como pocos en la Factoría de los Sueños, nunca perdió de vista su propia importancia. En cierta ocasión, le preguntaron qué lugar creía que ocuparían sus películas en la historia del cine: “Ninguno”, contestó. Y no le faltaba razón, pero nuestro gusto por los márgenes siempre le va a hacer brillar, porque era uno de los grandes.

El 19 de diciembre de 1977 moría de un ataque cardiaco mientras paseaba. Esa misma semana fallecieron Chaplin y Howard Hawks, de manera que su muerte, como su carrera, fue eclipsada por los grandes nombres de los Estudios de Hollywood.

Cinco películas de Tourneur.

Elijo tres películas del autor francés, no necesariamente las mejores, pues se quedan fuera “La Mujer Pantera” o “Retorno al pasado”, sino las que más me apetecen ver siempre. Podríamos elegir diez y seguirían siendo pocas, qué le vamos a hacer. Sigamos un orden cronológico:

“Yo anduve con un zombie” / “I Walked with a Zombie” (1943).

La segunda colaboración con Lewton nos trae su film más hipnótico y envolvente: una joven enfermera llamada Betsy Connell es contratada para cuidar a una paciente en San Sebastián, una isla caribeña. Cuando llega, comprueba que la mujer, Jessica (esposa de Paul Holland, un rico y lánguido terrateniente), está en una especie de estado vegetativo. Los nativos del lugar dicen que es una zombi. Vemos como Betsy, intentado ayudar a Jessica, se va liando en la madeja que tiende la rica familia por un lado y los nativos por otra.

El arranque del film promete: “Yo anduve con un zombi” afirma Betsy (Frances Dee). Y prosigue: “Parece extraño. Hace un par de años no sabía ni qué eran los zombis. Pensaría que eran extraños y aterradores, y algo divertidos. Todo empezó con normalidad…”. Y mientras escuchamos estas palabras, en la pantalla, un espectacular plano de una playa con la misteriosa imagen, a lo lejos, de Betsy caminando por la orilla junto al terrorífico Carre-Four. Toda la película refleja un ambiente de ensoñación y su espíritu onírico nos traslada a un estado alucinatorio constante mediante la fusión imposible de lo gótico con el moderno relato de vudú.

La escena del paseo nocturno de las dos mujeres resulta inolvidable: el murmullo del viento entre las cañas, el silencio de sus movimientos solo acompañados por el crujir de sus vestidos, la aparición espeluznante de Carre- Four, que guarda el camino que deben atravesar, el horror latente en cada uno de los rincones de la isla (“Aquí no hay belleza, solo descomposición” es lo primero que le dice Paul. Se lo dice a Betsy, pero nos lo está diciendo a nosotros, para que vayamos preparándonos y nos despojemos de prejuicios). Hay una deuda innegable con White Zombie (“La legión de los hombres sin alma” de Victor Halperin en 1932) pero la película de Tourneur es infinitamente más bella, lírica y envolvente. La lucha de la razón contra lo sobrenatural, de la civilización occidental contra el folklore primitivo: un verdadero espectáculo en el límite entre razón y locura donde toda apariencia es engañosa.

“El halcón y la flecha” / “The Flame and the Arrow” (1950).

Tourneur demostró ser capaz de manejarse de maravilla en el cine de aventuras con un presupuesto holgado. No es un género por el que se le recuerde, pero cualquiera que haya tenido televisor e infancia recordará con cariño a Dardo y Piccolo.
“El halcón y la flecha” es un canto a la libertad y a la rebelión contra los tiranos. Lo irónico del asunto es que fue escrita por un guionista, Waldo Salt, que al año siguiente sería incluido en la lista negra de Hollywood víctima de la caza de brujas del infame McCarthy cuando se negó a testificar ante el Comité de la Cámara de Actividades Antiamericanas en 1951 (años más tarde se resarciría en parte con los guiones de “Serpico” o “Cowboy de medianoche”).

Ambientada en Lombardía (o algo parecido) en el S. XII narra las andanzas de Dardo, un joven Burt Lancaster que vive en las montañas como un hombre libre. Su némesis es el malvado conde Ulrich, conocido como el halcón por sus rapiñas: no solo de caza y tributos, también le robó la esposa y el hijo de Dardo. Una cosa que sorprende la carga erótica del film, teniendo en cuenta que está dirigida a un público familiar, pero es que en una de las primeras escenas, Dardo se pasea por un pueblo y todas las damas se lo comen –literalmente- con los ojos. Y la escena de Virginia Mayo (Anne de Hesse en la película) encadenada ante Dardo es muy bondage, o a lo peor soy yo, qué más da.

Lo que nos ocupa: una película divertidísima, de inusitada fuerza expresiva (esos colores saturadísimos), de una precisión exacta, que potencia lo lúdico, exalta la acción y nos mantiene en vilo. Todo brilla: los personajes, la trama absorbente, los poderosos colores del bosque contrastando con la oscuridad de los pasillos del castillo del tirano Conde Ulrich. Cine de aventuras mostrado en todo su esplendor. Tourneur, en su modestia, confesaba que fue fácil de rodar pues Cravat (interpretando a Piccolo, el amigo mudo y compañero inseparable de Dardo) y Lancaster ensayaban todas las acrobacias y cuando llegaban al rodaje solo había que colocar la cámara y rodar. Pero es que Jacques era muy dado a quitarse méritos. Es él (al menos en gran parte) el responsable de mostrarnos una historia en la que la diversión no ceja y además nos cuela un mensaje precioso: una exultante defensa de la libertad y de la necesidad de actuar en colaboración con quienes nos rodean. Una de las películas de aventuras más luminosa y divertida del Hollywood clásico esconde en su corazón un mensaje de lo más revolucionario.

“Wichita”/“Wichita” (1955).

No era (ya lo hemos dicho) Tourneur un director que se amoldase a los estereotipos de un género. Su querencia por la suave subversión le alejaba de los caminos más trillados, y en un universo como el del western -continuamente revisado pero siempre inalterable- es de agradecer un toque fresco, incluso irreverente. Lo que sucedió unos años más tardes con toda la movida crepuscular, sin ir más lejos. En una década, la de los 50, que no ofrecía mucho sobresalto, los westerns de Tourneur son un soplo de aire renovador, si bien no los podemos considerar trascendentes. Pero con eso vale. Su primera incursión, “Tierra generosa” (“Canyon Passage”, de 1946) es una deliciosa cinta de aventuras de pioneros (primer trabajo con Dana Andrews) y el siguiente, “Estrellas en mi corona”, (“Stars in my Crown”, 1950) es una pequeña y olvidada maravilla, con Joel McCrea de protagonista y con una historia totalmente alejada de la simpleza maniquea prototípica del cine del oeste, con claras influencias de Ford y un subtexto de lo más peleón. Como norteamericano de adopción que era, su visión del racismo endémico resulta hoy chocante por audaz y por inesperado. Con el bueno de McCrea repitió en “Wichita” quizá su western más ortodoxo, un trabajo verdaderamente artesanal, a medio camino entre la serie A y B. Tomando un personaje tantas veces llevado a la pantalla como Wiatt Earp, la acción de “Wichita” toma los ejes temáticos arquetípicos del cine del oeste (la vida de la frontera, la llegada de la ley a los territorios salvajes, el forastero justiciero) pero centrándose en el conflicto personal entre Earp y los comerciantes de la ciudad que le contratan primero y le boicotean más tarde. La ciudad de Wichita es epicentro de las rutas de ganado de día y desbarajuste beodo de noche; el dinero pasa de mano en mano y los tiros son corrientes. Hasta que llega Wiatt, faltaría más. Con un McCrea recio como de costumbre, el personaje de Earp se representa en una edad moza muy anterior al jaleo de Tombstone. Aquí se les fue un poco la mano, pues McCrea ya gastaba medio siglo justo, y como dije antes, nunca fue un chaval, precisamente. Otra vez encontramos un romance atemperado, frío como el pasillo de los lácteos, algo corriente en el cine de Tourneur: en este caso la esfinge que acompaña a McCrea es una soberbia Vera Miles, que intenta calentar un poquito el corazón burócrata de Earp. En cualquier caso, el proverbial laconismo de Joel encaja cual guante: un tipo con unos valores innegociables que se enfrenta a todo el mundo en pos de impartir la Ley. Un funcionario absolutamente implacable, como implacable es la puesta en escena de Tourneur: aquí la estilización roza el purismo, la narrativa es afilada y lo superfluo simplemente, no existe. Un western atípico, a medio camino entre varios derroteros resuelto con la habitual maestría por un tipo, no olvidemos, nacido y educado a orillas del Sena.

“La noche del demonio”/“Night of the Demon” (1957).

Una de sus películas más recordadas, pero que encierra un detalle dolorosísimo para Tourneur que ya hemos comentado. En su afán por sugerir y dejar el horror fuera de campo se horrorizó cuando el productor de la película, Hal Chester, se empeñó en mostrar (y recrearse) en la imagen del demonio del título (algo cutre, hay que decirlo). A Tourneur, educado y comedido, le disgustó el asunto, pero transigió. El pretendía mostrar al bicho durante un segundo en la última escena, para que los espectadores nos quedáramos con la duda. Modestamente pienso que tenía razón y la película hubiese sido otra. En cualquier caso, aquí aplica con maestría arrolladora todo lo aprendido con Val Lewton casi dos décadas antes y construye un relato en el que a cada momento nos movemos entre lo real y lo fantástico, la razón y la superchería. Sin duda, una de las mejores películas jamás rodadas de temática satánica, con un villano, Karswell, carismático (e histriónico) como pocos.

¿Trama? El profesor Henry Harrington, un investigador de sectas, muere en un extraño accidente. El psicólogo norteamericano John Holden (Dana Andrews, con muy poca pinta de psicólogo, si me preguntáis), que se encuentra de visita en Londres, investigará el caso, con la colaboración de la sobrina del difunto. El resultado de estas investigaciones le pondrán en el camino del mentado Doctor Karswell, y lo que es real y lo que no deja de estar claro. Claro que al haber visto al bicho nosotros ya sabemos más que Holden, existe una fuerza sobrenatural más allá de toda comprensión. Y sin embargo el director consigue recrear una atmósfera agobiante y ominosa, sin trucos de trilero.

La sugerencia genera intriga, y la asepsia formal funciona de maravilla, la puesta en escena de “La noche del demonio” supone la sublimación del estilo de Tourneur. Un romance totalmente asexual con la sobrina de Harrington sirve para la contraposición de ideales, lo mágico contra lo científico (esa dualidad, otra vez) mientras las convicciones de Andrews se van desmoronando poco a poco. Un título fundamental, casi transgresor, que conviene desempolvar cada cierto tiempo.

“La comedia de los horrores”/“The Comedy of Terrors” (1963).

Me voy permitir una jaimitada incluyendo este fallido intento de mejorar a Corman, pero es que reconozco que si me juntas a Vincent Price (histriónico y desatado, pasándoselo bomba) con Peter Lorre (más histriónico todavía), a Boris Karloff y a Bail Rathbone en la misma película, yo compro sin mirar. Si además tienes a American International Pictures (AIP) detrás poniendo (poca) pasta para petarlo en cines juveniles, la cosa pinta mejor. Os sonarán esas siglas de haberlas visto en todas las películas de Roger Corman, royendo los huesos de Edgard Allan Poe en una serie de películas entrañables y cutronas, pero con un halo mágico innegable. Y si, para colmo, el guion te lo escribe Richard Matheson (“Soy Leyenda” o “El hombre menguante” son novelas suyas, y si hablamos de guiones de Twilight Zone nos dan las tantas) la combinación ya es irresistible. Y, con todo, el asunto no termina de brillar. ¿El motivo? Pues, aunque duela decirlo: Jacques Tourneur. Después de malas experiencias a finales de los 50 con producciones de aventuras sin ningún tipo de brillo, Tourneur se había retirado al lucrativo y menos exigente mundillo de la televisión. Atraído por el guion de Matheson (decía el director “Por primera vez en mi vida leí un guion y me dije: es perfecto, vamos a rodarlo sin cambiar nada”) al cabo de poco tiempo se desdijo completamente: mal asunto. El caso es que la película es entrañable y muy divertida, pero esto viene motivado por la estética Corman (mezclada con la Hammer: el rodaje se realizó en Inglaterra) y por la gestualidad descacharrante de esos viejos iconos del cine de terror. No deja de ser una comedieta, un vodevil donde la historia importa menos que la interpretación, y ya desde la primera escena del entierro vemos que el corazón de Tourneur no estaba en el sitio adecuado (y esto lo afirmo de cualquier director que utilice la cámara rápida con aspiraciones cómicas). Como digo, la trama es divertida, pero solo eso: el argumento narra las vicisitudes de una empresa funeraria comandada por Waldo Trumbull (Price), que no tiene reparos en buscarse las tretas más abyectas para mantener el negocio funcionando, como usar siempre el mismo ataúd (el desentierro que comentaba al principio) o, cuando la cosa va mal, asesinando para conseguir clientela. La influencia de las pelis basadas en la obra de Poe es palmaria, pero Matheson y Tourneur se permiten un chiste a costa del pánico del celebérrimo autor a la catalepsia, que aquí genera situaciones grotescamente cómicas. Algunos detalles (como el asesinato del anciano fuera de plano) recuerdan al mejor Tourneur, pero uno se pregunta cuál hubiese sido el resultado si el bueno de Jacques hubiese puesto las mismas ganas que Price, por poner un ejemplo.

Javier Sanabria

(Artículo publicado en el número 18 de Rock Bottom Magazine de enero de 2019).

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